miércoles, 3 de mayo de 2017

NS y Esoterismo-Hitler contra Thule

Esta es una parte del interesantisimo libro de Santos Bernardo sobre la cuestion de la influencia del Esoterismo en la formacion del primigenio DAP/NSDAP. 

El mismo puede ser adquirido en Libreria Argentina.





En los tiempos modernos es habitual que se asocie a Hitler y al nacionalsocialismo con la Logia Thule y movimientos esotéricos de la época, siempre sumidos en un clima de misterio que no es ajeno a las más disparatadas teorías. Cientos de escritores del "copiar y pegar" abusan de historias que si bien comenzaron sin utilizar fuentes serias, si es que no fueron más que aventuradas hipótesis, han llegado a tener un status debido a la costumbre de utilizar citas de citas sin requerir primero una comprobación.
Aunque no venda tanto como las teorías hoy en boga, la realidad que se desprende del trabajo de investigacion del autor es que Sebotendorf y Thule no sólo NO fueron los impulsores de Hitler, sino que fueron los primeros enemigos a los que el futuro Führer tuvo que enfrentar en su larga lucha. La pugna entre hitleristas y esoteristas proseguiría a lo largo de 1920 y no sería hasta julio de 1921, momento en que Hitler se hiciera con el control del NSDAP y derribara cuanta tutela quedara de la Orden de los Germanos, cuando ésta se saldara con un claro aun cuando no definitivo vencedor.
"Hitler contra Thule" constituye una aproximación historiográfica al enfrentamiento entre dos tendencias llamadas a hacerse con el control del originario NSDAP, disputa cuya proyección ha sido genéricamente ignorada o minusvalorada, cuando no distorsionada y por ende malinterpretada. Para demostrar esto, el autor se base en fuentes de época de indudabe seriedad y en la propia traducción de textos en alemán inéditos en nuestra lengua. Su visión es sostenida por referencias de los propios protagonistas, pues si se cita a Dietrich Eckart en un artículo del Völkischer Beobachter menospreciando a Thule o un discurso de Hitler haciendo referencia a su lucha contra las tendencias esotéricas, poco resquicio queda para que se sigan inventando historias contrarias a los hechos.
Santos Bernardo ya ha demostrado no importarle el ir a contramano de historiadores del nacionalsocialismo, ya sean denostadores o admiradores de tal movimiento, para poder llegar a la verdad. Una vez más nos enriquece con una obra indispensable para los investigadores e interesados en los orígenes del Tercer Reich.

ÍNDICE

Prefacio9
Introducción13
I.- Rudolf von Sebottendorff, antes y después de que Hitler viniera23
A la búsqueda de fuentes bibliográficas26
Antes de que Sebottendorff viniera29
Sebottendorff y la Orden de los Germanos33
De la Orden de los Germanos a la Sociedad Thule35
El agitador periodístico38
El insurgente militar39
El impulsor político42
El súbito fin de una carrera meteórica44
La Sociedad Thule sin Sebottendorff45
Larga ausencia, fugaz reaparición, y forzado exilio47
Excurso: ¿Formó parte Dietrich Eckart de Thule?51
II.- Guía, claves y contenido del libro de Sebottendorff65
La obra en sí69
I) “Consideraciones políticas generales”.72
II) “Orígenes del Movimiento”.74
III) “La Orden de los Germanos y la Sociedad Thule”76
IV) “La Sociedad Thule y el Münchener Beobachter durante la revolución de 1918”.79
V) “La Sociedad Thule, La Liga de Combate y los Círculos de Thule”.81
VI) “Activismo y propaganda política de Thule hasta la muerte de Eisner”.84
VII) “Thule durante el período del dominio de los Consejos”.86
VIII) “La Liga de Combate de Thule y la contrarrevolución de 1919”.89
IX) “La llegada del Cuerpo Franco Oberland a Múnich”91
X) “La hora del martirio de Thule: el asesinato de sus afiliados”.94
XI) “La Sociedad Thule tras el asesinato de los rehenes”98
XII) “Organizaciones emanadas de la Sociedad Thule”100
XIII) “Evolución del Völkischer Beobachter”.104
XIV) “Thule durante la ausencia de su fundador y su refundación”.106
Anexo I) “Documentación gráfica”.111
Anexo II) “Índice de personas y materias”.113
Excurso: ¿formó parte Gottfried Feder de Thule?119
III.- Las verdaderas causas de la primera caída de Sebottendorff (1919)121
Los siete Mártires de Thule125
Sebottendorff, persona non grata ya antes de que Hitler entrara en escena132
Excurso: ¿formó parte Hans Frank de Thule?137
IV.- La Orden de los Germanos contra Hitler (1919-1922)141
El hermano Karl Harrer y el Círculo Político Obrero144
Las inauditas circunstancias de la fundación del DAP150
Hitler entra en escena y Harrer hace mutis por el foro154
Otros miembros de la Orden de los Germanos161
El DSP contra Hitler166
Excurso: ¿formó parte Adolf Hitler de Thule?179
V.- Hitler ajusta cuentas en Mein Kampf (1924-1926)191
Ser o no ser völkisch: he ahí la cuestión192
Los prolegómenos a las citas del Mein Kampf194
Hitler retrata a sus opositores de inclinación esotérica198
Otras citas del Mein Kampf208
La inequívoca y desconocida alusión al líder de la Sociedad Thule211
Excurso: ¿formó parte Alfred Rosenberg de Thule?219
VII.- Las verdaderas causas de la segunda caída de Sebottendorff (1933-1934)223
El arresto de Sebottendorff225
La Sociedad Thule vista desde el III Reich227
Sebottendorff, maestro iniciático en el cultivo de enemistades231
Incorrecciones, exageraciones y falsedades234
Masonería, paganismo y sociedades secretas244
Sebottendorff y el arte de ganar batallas después de muerto250
Excurso: ¿formó parte Karl Fiehler de Thule?253
Epílogo. Hitler habla en Núremberg sobre “Partido y Esoterismo” (1936/1938)257
La “sala de culto nacionalsocialista”264
Civilizaciones legendarias y palabrería nórdica267
Excurso: ¿formó parte Rudolf Hess de Thule?270
Bibliografía277

Prefacio

En ocasiones queda mejor definida una obra por lo que no es que por lo que es. La presente, a pesar de su título, no es de tinte político ni mucho menos esotérico. Más allá de un mínimo imprescindible y en verdad reducido, ni tan siquiera versa de política o esoterismo.
Es –o al menos pretende ser- una aproximación historiográfica al enfrentamiento entre dos tendencias llamadas a hacerse con el control del originario NSDAP, disputa cuya proyección ha sido genéricamente ignorada o minusvalorada, cuando no distorsionada y por ende malinterpretada.
El contenido y las conclusiones inherentes son originales, a menudo sorprendentes y en ocasiones hasta impactantes, pero no son consecuencia de una búsqueda artificiosa de lo sensacional sino todo lo contrario. Me atrevería a decir que es precisamente su alejamiento de todo sensacionalismo lo que le confiere su carácter excepcional, al menos en lo que al tema tratado se refiere.
Esta excepcionalidad abarca igualmente a las formas y metodologías aquí aplicadas, lo que ya de por sí merece la pertinente exposición y explicación.
De entrada, el presente estudio se sustenta en su totalidad bien de fuentes de la época, bien de fuentes contemporáneas que a su vez se remiten de forma fehaciente y constatable a las anteriores. Las informaciones que arrojan así como los extractos reproducidos, casi todos fruto de traducciones inéditas a cargo de quien suscribe estas líneas, cuentan en todo momento con su correspondiente cita, puesta a disposición del lector a los efectos oportunos.
No sucede por tanto lo que a su vez acontece en otros textos –muy especialmente en muchos de los referidos a cuestiones adyacentes a las aquí tratadas-, que aportan tesis llamativas remitiéndose a obras cuyo único mérito pareciera ser el de su mera publicación. En caso de consultarse las páginas de referencia de aquéllas, en lugar de hallar los documentos, testimonios o textos originales que sirvieran de aval, únicamente figuran unos impersonales “se dice”, “se cree”, “se afirma”… Lo que un primer autor manifiesta como aventurada hipótesis, un segundo aprovecha para citarlo como verdad incuestionada, y a partir de éste el resto hace el resto (valga la redundancia).
En lo que a este libro concierne, es el recurso a las fuentes originales lo que posibilita dar justa explicación a los distintos procederes y acontecimientos que van teniendo su correspondiente eco a lo largo de sus páginas. Es precisamente la perspectiva del momento y del lugar, en función de los datos de todo tipo y naturaleza aportados por sus mismos protagonistas, lo que permite un nuevo enfoque no sólo alejado de muchos de los clichés al efecto, sino que facilita una visión sin duda más certera.
Es por ello que a menudo las claves aquí reveladas sean expuestas por los propios personajes, y especialmente por los principales exponentes de las corrientes internas que dieron pie a la lucha partidaria objeto de estudio: Hitler como máximo representante de la excitación pública dirigida a la gran masa, y Sebottendorff en el caso de la inclinación esotérica destinada a una minoría selecta. Ciertamente en lo que a Sebottendorff respecta no cabe hablar de máximo representante pero sí de “máximo representado”, pues constituye el personaje de referencia que una y otra vez es resaltado por doquier -aun cuando pocas veces con el debido rigor. Supone en cualquier caso una muestra extrapolable al resto, y es con diferencia quien por medio de sus escritos ha legado el testimonio más rico.
Habida cuenta de lo hasta aquí expuesto y como nueva muestra de singularidad, más allá de los comentarios que permiten enlazar los distintos argumentos, eludo en la medida de lo humanamente posible introducir toda valoración personal, aprobatoria o condenatoria, y ello por variadas y poderosas razones.
Por más que aquí se reseñen dos bandos enfrentados, y aun cuando uno surja como vencedor y otro como derrotado (aunque tal como se verá, ello no deja de ser igualmente una valoración relativa), no implica que haya buenos y malos, mejores o peores. Baste poner como ejemplo de cuán difícil –y absurdo- sería intentar lo anterior, si tenemos en mente que uno sostiene un antisemitismo cuyas connotaciones raciales y políticas son harto conocidas, mientras que el otro añade a las anteriores otras de fundamento “divino” (por calificarlo de alguna manera).
Consiguientemente y a efectos de no caer en grotescos berenjenales, ni las doctrinas ni los personajes tienen más caracterización que la ineludible, ni se entra a juzgar lo acertado o desacertado de las primeras, o la corrección o incorrección de los segundos. Además de inútil, supondría un gratuito paternalismo cuyo ahorro estoy seguro que el lector me agradecerá.
Si en algún momento dejo traslucir una crítica, ésta va destinada a la progresiva avalancha de autores que bajo el principio de “dame un punto de apoyo y te construiré una historia”, abusan de la buena fe de sus congéneres con recreaciones fantasiosas aderezadas de hechos ciertos.
Santos Bernardo

Introducción

Si algo sabe el común de los mortales acerca de Hitler es sin duda cuáles fueron sus enemigos a batir. Por supuesto en primer lugar se citará al judaísmo, seguido del comunismo. Aquél que tenga un conocimiento algo mayor posiblemente le sume también el conservadurismo político de tinte reaccionario, pues a fin de cuentas fue éste quien le asestara dos de sus mayores infortunios: el sangriento aplastamiento del Putsch de Múnich del 9 de noviembre de 1923, y el cruento intento de golpe de Estado del 20 de julio de 1944.
Cada uno es libre de añadir a la relación otros enemigos en función de su particular inclinación: el liberalismo, el cosmopolitismo, el dadaísmo… La lista, acertada o no, fácilmente puede llegar a ser muy amplia, pues la figura de Hitler ha pasado a la historia como el antagonista por excelencia. No obstante, entre las muchas concepciones incluidas en tal lista hay una que es harto improbable que aparezca: la del esoterismo. Omisión en absoluto baladí, pues el primer enemigo al que se tuvo que enfrentar el futuro Führer en su discurrir político no fue el judaísmo ni el comunismo, ni tan siquiera la reacción. Fue el esoterismo. Demostrar que lo anterior no es una suposición sino un hecho constituye el propósito de la presente obra.
Afirmar hoy que Hitler era antiesotérico es casi tan delirante como declarar que era prosemita. Quien quiera que posea un mínimo de inquietud histórica tarde o temprano se habrá topado con algún artículo, libro o documental que establezca “firmes” vínculos entre el líder nazi y las llamadas fuerzas ocultas, así como el “decidido” papel que éstas jugaron en su despegue y posterior desarrollo. Nada habría en principio en contra de tal tesis, pero cuando la misma se aborda sin prejuicios de un sentido u otro, sus fundamentos resultan ciertamente endebles.
Cierto es que el propio nacionalsocialismo, como exacerbada reacción política al tardío romanticismo, invita a sustentar la audaz suposición de un trasfondo esotérico. Esvásticas, runas, dagas, ceremoniales, Castillos de la Orden (Ordensburgen)… constituyen elementos sobradamente conocidos que apuntarían a la creación de un determinado culto. Si nos ceñimos empero a su valoración antropológica, tras ellos no hallamos religiosidad sino sugestión por el mito. Las religiones no surgen así como así, algo que Hitler sabía mejor que muchos de sus seguidores, de ahí que llamara a éstos a no dejarse arrastrar por la “propensión mística”.
Por más que sean bien conocidas las tensiones entre los dirigentes nazis y las Iglesias cristianas, éstas fueron las únicas que operaron en el país. Las palabras del propio Hitler en “Mi lucha” y en posteriores discursos acerca de la separación entre reformador político y religioso, así como su empeño cuando menos electoral por evitar cualquier confrontación confesional, son datos bien conocidos por la historiografía y cuya exposición rebasaría los objetivos de la presente obra.
Cierto es igualmente que si se enfoca la atención en determinadas figuras dirigentes, tales como Hess, Himmler y Rosenberg, se obtendrá la nítida impresión de que en ellos latía una fuerte inquietud religiosa ajena al Cristianismo. No obstante, examinadas las mismas una a una, ha de concluirse por fuerza que no respondían a un elemento común, y en el caso de los dos últimos citados, eran contrapuestas. Por otra parte, si nos ceñimos a otras figuras tanto o más relevantes, como Göring, Bormann o Goebbels, hallaremos una moderada fe luterana en el caso del primero, y una absoluta indiferencia religiosa en el de los dos últimos. A efectos del estudio histórico del nacionalsocialismo, la sensibilidad religiosa de cada uno de los líderes únicamente adquiere significancia en función de que se logre conectarla con la del propio Hitler, lo cual no es el caso. Podemos centrar nuestra atención en Himmler en su condición de jefe de la SS y elucubrar acerca del fin último de su castillo de Wewelsburg. De igual modo podemos hacerlo con Göring, el hombre más importante tras el propio Hitler, y cuya boda de Estado no fue oficiada por ningún “iniciado” SS, sino por la máxima autoridad de la Iglesia Luterana alemana, el obispo mayor del Reich (Reichsbischof) Ludwig Müller. Así como Hitler jamás estuvo en Wewelsburg, sí ejerció como padrino en la boda de Göring. Tan demagógico sería exacerbar un argumento como el contrario.
Por último pero no menos importante, existe una componente político-esotérica plenamente constatada en la Orden de los Germanos, sociedad secreta que da pie a la fundación de otra sociedad, en este caso visible y legalmente constituida, Thule. Una y otra las hallamos presentes en los orígenes del DAP -nombre primigenio del posterior NSDAP. Nadie niega lo anterior, y la única discrepancia estriba en la dimensión real de la ascendencia que dicha inclinación esotérica pudiera haber ejercido.
Considero que ésta no fue en absoluto menor, pero lejos de guiar los pasos de Hitler, empujaría a éste en la dirección inversa a la deseada. La pugna entre hitleristas y esoteristas proseguiría a lo largo de 1920 y no sería hasta julio de 1921, momento en que Hitler se hiciera con el control del NSDAP y derribara cuanta tutela quedara de la Orden de los Germanos, cuando ésta se saldara con un claro aun cuando no definitivo vencedor. Tan intenso sería el impacto que esta sorda lucha dejara en Hitler, que años más tarde, al escribir “Mi lucha”, dedicaría no pocas páginas a la cuestión aun cuando sin llamar a los protagonistas por su nombre. Una vez en el poder y en fecha tan tardía como septiembre de 1936, haría una sorprendente advertencia pública acerca de la influencia latente en el Partido de sus antiguos enemigos esoteristas. No contento con lo anterior, justo dos años después y en idéntico escenario, el Congreso del Partido en Núremberg, aludiría nuevamente a ese peligro pero esta vez de forma más extensa. El último capítulo de entidad de esta secreta guerra tuvo lugar ya en plena contienda mundial, cuando en mayo de 1941 Hess voló a Escocia para negociar unilateralmente la paz. La convicción de que éste lo hizo bajo la influencia de astrólogos y otras paraciencias dio la estocada final a cuanto esoterismo, ocultismo y parapsicología pudiera quedar en el Reich.
Con todo, resulta sorprendente la cantidad creciente de obras dedicadas no sólo a sobredimensionar los vínculos entre nazismo y esoterismo, sino también a obviar la decidida aversión de Hitler al anterior. Ese ninguneo literario parte muchas veces del desconocimiento, pero también de la máxima periodística de no permitir que la realidad estropee una buena historia. Obviamente un Hitler creyente en las ciencias ocultas vende más que uno “exegeta de las ciencias exactas”.
Es una lástima, pues el sensacionalismo –auténtico cáncer de los tiempos modernos- ahoga realidades tanto o más apasionantes. Los hechos son los que son y no pueden variarse, pero incluso aquéllos que no responden a los criterios de lo extraordinario, si se hace el esfuerzo de buscarles un prisma más amplio, son fuente de sorpresa. En el transcurso de mis indagaciones tal vez hubiese resultado más excitante hallar indicios de los crímenes rituales con los que Dietrich Eckart iniciara a Hitler, según revela el británico Trevor Ravenscroft en “La lanza del destino”. En lugar de ello, hallé un artículo de Eckart en el Völkischer Beobachter que apunta menospreciativamente a Thule y declara su desdén por las sociedades secretas. Un descubrimiento sin duda menos espectacular, pero no por ello menos sorprendente.
En el actual clima de frenética búsqueda de la rápida satisfacción, sé que por fuerza ha de decepcionar que no refiera la aparición política de Adolf Hitler como la consecuencia de una trama oculta de índole esotérica. Mas no por ello ha de sentirse el lector plenamente desengañado, pues aun cuando sin Hitler, dicha trama oculta realmente existió, y desmantelarla constituyó precisamente el eje de sus primeras disputas políticas en el seno del Partido.
Ha sido el afán por buscar el titular fácil el que ha impedido enfocar la atención en claves notorias que eran plenamente accesibles pero que nadie ha querido ver. El influjo de la conocida y literariamente sugestiva Sociedad Thule ha obstruido la investigación histórica, pues ha centrado en ésta su atención obviando a la mucho más relevante Orden de los Germanos. La divulgación de la primera edición del libro de Sebottendorff “Bevor Hitler kam”, citada por numerosos autores, ha ocasionado que las significativas modificaciones que hiciera en su segunda edición, secuestrada por las autoridades nazis, pasaran desapercibidas. La inercia simplista –y políticamente correcta- de presentar a un Hitler meramente megalómano, ha ocultado el neto trasfondo antiesotérico que le motivara a orquestar la primera crisis partidaria, saldada a su vez con la primera de su larga lista de víctimas políticas, el fundador y presidente del DAP Karl Harrer. Más inaudita resulta aún la poca relevancia otorgada a las continuadas referencias que Hitler dedicara en “Mi lucha” a la materia, algunas de ellas desveladas por vez primera en el presente libro. Por último, sólo como inexplicable puede calificarse el desconocimiento de las inequívocas alusiones al entorno de Thule que hiciera en sus discursos de Núremberg de 1936 y 1938.
Queda por último la cuestión acerca de dónde provenía la antipatía de Hitler hacia lo que tanto entonces como ahora son conocidas como “doctrinas herméticas”. Como nadie ignora, su personalidad era compleja y analizar sus motivaciones nos llevaría al resbaladizo campo de la especulación. Sin duda alguna, el hecho de que sus primeros enemigos políticos en el seno del Partido fueran esoteristas jugó un papel en absoluto desdeñable. A su vez, como persona ciertamente pragmática, no podía comulgar con quienes anteponían a la victoria en la lucha política otra que debía gestarse en un “plano superior” e intangible. Decisiva empero fue su noción, amplia y repetidamente plasmada en “Mi lucha”, de que quien afirmaba luchar con “armas intelectuales” (o espirituales, pues la expresión utilizada por Hitler, geistig, permite ambas acepciones) no hacía sino esconder su incapacidad o cobardía para hacerlo con armas más mundanas.
Tal vez si los esoteristas que encontrara en el DAP, además por supuesto de haberse situado entre sus incondicionales, hubieran destacado por ser decididos activistas y agitadores políticos, su opinión hubiera sido otra. La lealtad, la entrega y la capacidad eran probablemente los valores que en él cotizaban más al alza, y cuando quiera que los encontrara en un colaborador supo ser generoso con sus veleidades. Ejemplos hay de sobra, y en el aspecto que nos ocupa, los ya anteriormente mencionados Hess, Rosenberg y Himmler son buenos ejemplos. Sobre todo en el caso de este último, sus incursiones en terrenos próximos a lo religioso le venían bien al Führer de cara a lidiar con las Iglesias, siempre temerosas de que se pusiera fin a su monopolio. No cabe empero hallar en él convicción alguna al respecto más allá de la maniobra política:
«Las SS tenían un misticismo forzado y algo ridículo hasta para el mismo Hitler: en la Navidad de 1940, mientras presenciaba la celebración pagana de Yule de los Leibstandarte de las SS, Hitler se dirigió a un ayudante y le comentó en tono socarrón que no había nada como el villancico Noche de paz».
Con independencia de los argumentos aquí expuestos para explicar su hostilidad hacia el esoterismo, tal vez el principal sea el de que formara parte de su propia naturaleza.
Dicho sea sin el menor tono peyorativo, hay personas proclives a creer en fuerzas ultraterrenales y otras que las consideran simples patrañas. Hitler formaría parte de estas últimas y en su sentido más radical, pues a la inutilidad añadía nocividad. En palabras del que fuera uno de sus más estrechos colaboradores a lo largo de un cuarto de siglo y jefe de su ayudantía personal, el SS-Obergruppenführer Julius Schaub:
«Totalmente sacadas de la manga son todas esas historias que informan que Hitler mantenía en Kehlstein [el nido del águila] un observatorio o algo parecido que tuviera que ver con la astrología o la astronomía. Por el contrario: Hitler era precisamente un enemigo fanático de toda astrología, espiritismo, quiromancia, adivinación, telepatía, etc. Ciertamente le regaló una vez a Mussolini un observatorio astronómico, y en el jardín del Berghof había un telescopio con el que se podía abarcar la cordillera de Salzburgo, observar en detalle el paisaje y ocasionalmente, en las noches claras, las estrellas. Este aparato servía principalmente como distracción para los visitantes. Ése era el único punto de contacto del Berghof con el mundo de las estrellas. Ya en el año 1933 fueron prohibidos por mandato personal de Hitler todos los periódicos y revistas que se dedicaban a hacer horóscopos, a la adivinación y al espiritismo. Bastantes personas activas en estas ramas las dejó llevar durante su período de gobierno a campos de concentración. “Esta es una cosa para mujeres viejas e histéricas”, declaraba, “en la vida política tales cosas no tienen nada que buscar. Todas sin excepción son desatinos. Son un entontecimiento del pueblo. Lo prohíbo”. En el entorno de Hitler jamás se discutía sobre semejantes cosas, puesto que se conocía su posición y nadie se atrevía a hablar de ello».

Notas:
1.- Ver al respecto el discurso de Hitler en el Día Cultural de los Congresos del Partido. Núremberg, 6 de septiembre de 1938. Reproducido en „Reden des Führers am Parteitag Grossdeutschland 1938“. Franz Eher Nachf. Múnich, 1938. Pág. 40.
2.- En este sentido resultan ilustrativas las memorias escritas por Rosenberg en su celda de Núremberg y que recogen sus diferencias al respecto con Himmler, a quien en varias ocasiones, y no sólo desde un prisma político, califica de sectario. Alfred Rosenberg: Letzte Aufzeichnungen. Núremberg, 1945/46. Jomsburg-Verlag. Uelzen. 1996, 2ª edic. Pág. 201-5.
3.- Respecto a la relación de visitantes esporádicos o asiduos, ver la bien documentada obra de Stuart Russell y Jost W. Schneider: Heinrichs Himmlers Burg. Brienna Verlag. Aschau im Chingau. 1998, 2ª edic. Pág. 156. El propio Hess únicamente estuvo en una ocasión -ni tan siquiera plenamente confirmada- en marzo de 1936.
4.- Emmy Göring: An der Seite meines Mannes. Nation Europa Verlag GmbH. Coburg. 2007. 5ª edic. Pág. 113 y 117. El precepto litúrgico que escogieron para su boda, celebrada el 10 de abril de 1935, fue el mismo que el del día de su Confirmación: “ser fiel hasta la muerte, pues quiero darte a Ti la corona de la vida” (Op. Cit., pág. 117). También el obispo Müller bautizó a su hija Edda, igualmente apadrinada por Hitler (Op. Cit., pág. 137).
5.- Así se calificaba el propio Hitler según recoge en sus memorias su amigo y fotógrafo Heinrich Hoffmann: “Yo fui amigo de Hitler”. Luis de Caralt. Barcelona, 1955. Pág. 94.
6.- David Irving: “El camino de la guerra”. Ed. Planeta. Barcelona, 1990. Pág. 80. El ayudante en cuestión bien pudiera ser su asistente personal Heinz Linge. En las memorias de éste hallamos una nueva confirmación de la predilección de Hitler por el famoso villancico:
«Como quiera que la Navidad [de 1939] estaba a la vuelta de la esquina, Hitler monologó acerca de la Navidad y de las canciones de iglesia, que en contraposición a Bormann las juzgaba como hermosas y edificantes. […]. “¿Qué hay más hermoso –preguntó él [Hitler]- que ʻNoche de Paz, Noche Sagradaʼ?”. Heinz Linge: “Bis zum Untergang”. Wilhelm Goldmann Verlag. Múnich, 1983, 2ª edic. Pág. 190.
7.- Julius Schaub, In Hitlers Schatten. Druffel & Vowinckel-Verlag. Stegen/Ammersee, 2005. Pág. 243.

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